Queridos padres y hermanos de la
Compañía de Jesús:
Con gran alegría me reúno con vosotros
en esta histórica basílica de San Pedro, después de la santa misa celebrada
para vosotros por el cardenal.
En primer lugar, saludo al prepósito
general, padre Peter-Hans Angelo Sodano, mi secretario de Estado, con ocasión
de varias celebraciones jubilares de la familia ignaciana. A todos os dirijo mi
cordial saludo Kolvenbach, y le agradezco las amables palabras con las que me
ha manifestado vuestros sentimientos comunes. Saludo a los señores cardenales,
a los obispos, a los sacerdotes y a todos los que han querido participar en
esta celebración.
Juntamente con los padres y los
hermanos, saludo también a los amigos de la Compañía de Jesús aquí presentes, y
entre ellos a los numerosos religiosos y religiosas, a los miembros de las
Comunidades de vida cristiana y del Apostolado de la oración, a los alumnos y
ex alumnos con sus familias de Roma, de Italia y de Stonyhurst, en Inglaterra,
a los profesores y a los alumnos de las instituciones académicas, y a los
numerosos colaboradores y colaboradoras.
Vuestra visita me brinda la oportunidad
de dar gracias, junto con vosotros, al Señor por haber concedido a vuestra
Compañía el don de hombres de extraordinaria santidad y de excepcional celo
apostólico, como son san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier y el beato
Pedro Fabro. Son para vosotros padres y fundadores: por eso, conviene que
en este centenario los recordéis con gratitud y los contempléis como guías
sabios y seguros de vuestro camino espiritual y de vuestra actividad
apostólica.
San Ignacio de Loyola fue, ante todo, un
hombre de Dios, que en su vida puso en primer lugar a Dios, su mayor gloria y
su mayor servicio; fue un hombre de profunda oración, que tenía su centro y su
cumbre en la celebración eucarística diaria. De este modo, legó a sus
seguidores una herencia espiritual valiosa, que no debe perderse u olvidarse.
Precisamente por ser un hombre de Dios, san Ignacio fue un fiel servidor de la
Iglesia, en la que vio y veneró a la esposa del Señor y la madre de los
cristianos. Y del deseo de servir a la Iglesia de la manera más útil y eficaz
nació el voto de especial obediencia al Papa, que él mismo definió como
"nuestro principio y principal fundamento" (MI, Serie III, I, p.162).
Que este carácter eclesial, tan
específico de la Compañía de Jesús, siga estando presente en vuestras personas
y en vuestra actividad apostólica, queridos jesuitas, para que podáis responder
con fidelidad a las urgentes necesidades actuales de la Iglesia. Entre estas me
parece importante señalar el compromiso cultural en los campos de la teología y
la filosofía, ámbitos tradicionales de presencia apostólica de la Compañía de
Jesús, así como el diálogo con la cultura moderna, la cual, si por una parte se
enorgullece de sus admirables progresos en el campo científico, por otra sigue
fuertemente marcada por el cientificismo positivista y materialista.
Ciertamente, el esfuerzo por promover en
cordial colaboración con las demás realidades eclesiales una cultura inspirada
en los valores del Evangelio requiere una intensa preparación espiritual y
cultural. Precisamente por eso, san Ignacio quiso que los jóvenes jesuitas se
formaran durante largos años en la vida espiritual y en los estudios. Conviene
que esta tradición se mantenga y se refuerce, teniendo en cuenta también la
creciente complejidad y amplitud de la cultura moderna.
Otra gran preocupación suya fue la
educación cristiana y la formación cultural de los jóvenes: de ahí el
impulso que dio a la institución de los "colegios", los cuales,
después de su muerte, se difundieron por Europa y por todo el mundo. Continuad,
queridos jesuitas, este importante apostolado, manteniendo inalterado el
espíritu de vuestro fundador.
Al hablar de san Ignacio, no puedo por
menos de recordar a san Francisco Javier, de cuyo nacimiento el pasado 7 de
abril se celebró el quinto centenario: no sólo su historia se entrelazó
durante largos años en París y Roma, sino también un único deseo —se podría
decir una única pasión— los impulsó y sostuvo en sus vicisitudes humanas, por
lo demás diferentes: la pasión de dar a Dios trino una gloria cada vez
mayor y de trabajar por el anuncio del Evangelio de Cristo a los pueblos que no
lo conocían.
San Francisco Javier, a quien mi
predecesor Pío XI, de venerada memoria, proclamó "patrono de las misiones
católicas", comprendió que su misión consistía en "abrir caminos
nuevos" al Evangelio "en el inmenso continente asiático". Su
apostolado en Oriente duró sólo diez años, pero su fecundidad ha resultado
admirable en los cuatro siglos y medio de vida de la Compañía de Jesús, puesto
que su ejemplo ha suscitado entre los jóvenes jesuitas muchísimas vocaciones
misioneras, y sigue siendo siempre una llamada a continuar la acción misionera
en los grandes países del continente asiático.
Si san Francisco Javier trabajó en los
países de Oriente, su hermano y amigo desde los años de estudios en París, el
beato Pedro Fabro, saboyano, que nació el 13 de abril de 1506, desarrolló su
actividad en los países europeos, donde los fieles cristianos aspiraban a una
auténtica reforma de la Iglesia. Hombre modesto, sensible, de profunda vida
interior y dotado del don de entablar relaciones de amistad con personas de
todo tipo, atrayendo de este modo a muchos jóvenes a la Compañía, el beato
Fabro pasó su breve existencia en varios países de Europa, especialmente en
Alemania, donde, por orden de Pablo III, participó en las dietas de Worms,
Ratisbona y Espira, en las conversaciones con los jefes de la Reforma. Así
cumplió de manera excepcional el voto de especial obediencia al Papa
"sobre las misiones", convirtiéndose para todos los jesuitas del
futuro en un modelo digno de imitar.
Queridos padres y hermanos de la
Compañía, hoy contempláis con particular devoción a la santísima Virgen María,
recordando que el 22 de abril de 1541 san Ignacio y sus primeros compañeros
emitieron los votos solemnes ante la imagen de María en la basílica de San
Pablo extramuros. Que María siga velando sobre la Compañía de Jesús, para que
cada uno de sus miembros lleve en sí mismo la "imagen" de Cristo
crucificado, participando así en su resurrección
Para ello, aseguro un recuerdo en la oración, a la vez que imparto de buen grado a cada uno de vosotros, aquí presentes, y a toda vuestra familia espiritual, mi bendición, que extiendo también a todas las demás personas religiosas y consagradas que han participado en esta audiencia.







